México, país maravilloso

Mathilde Grenod, traducido por María Alejandra Paixão
7 Octobre 2015


Fue lo que se conoce como un arrebato. En una noche fría de diciembre, alrededor de una cerveza de calidad mediocre en un bar canadiense, se tomó la decisión. “¿Qué les parecería hacer un viaje durante un mes?” Entre dos miradas incrédulas y un apretón de manos un tanto atontado, dos amigas y yo decidimos irnos a México.


La gran salida

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Antes de la aprehensión, nos embarga una gran emoción y una preparación a ciegas. Nos decían que tuviéramos cuidado con la violencia y el tráfico de drogas, y fue así como nos fuimos de Toronto, ansiosas. Llegamos a la terminal de autobuses de la Ciudad de México agarradas a nuestros pasaportes y tarjetas de crédito, para luego irnos al norte, a Guanajuato, la espalda tensa, los hombros duros. Al llegar a la puerta de embarque, nos recibió un detector de metales, decorado con un panel indicando “SE BUSCA”, el “WANTED” mexicano, en el cual se alineaban los rostros de docenas de criminales y sus miradas sombras y rasgos duros. Algo con que reconfortarse.

Guanajuato, festival de sentidos

Después de siete horas en el autobús, llegamos de noche a Guanajuato, sin saber que esperar. Al día siguiente, los primeros resplandores del día nos gratificaron con una vista que nos dejó sin aliento, mezclada a los colores sublimes de las casas.

Guanajuato ya puso los estándares bastante altos para ser la primera etapa de una larga peripecia. Ciudad natal de Diego Rivera, otrora bastión de los colonos españoles que vinieron a explotar las minas de plata, Guanajuato era una de las regiones más ricas de la Nueva España del siglo XVIII. Es famosa por sus calles tranquilas y sus colores excepcionales, su cultura y su universidad, pero sobre todo por su Museo de las Momias, el cual guarda los cuerpos momificados mejor conservados del mundo – entre los cuales aún se pueden percibir los pelos en las piernas y caras.

Esos tres días en Guanajuato fueron como una escapada fuera del tiempo, dejando como unas ganas de dejar todo atrás. Fue ahí igualmente donde nos dimos cuenta de que México es, sin duda, uno de los países en donde las ideas preconcebidas ensucian más una realidad mucho más luminosa. México es un país acogedor, caluroso, lleno de música, colores y vida. País que viene siendo desteñido por la gran criminalidad. Un fenómeno cuyos trazos exageran los medios de comunicación extranjeros, y que, sin embargo, está alejado de gran parte de sus habitantes.

Puebla, ciudad de cien iglesias

Con el corazón en un puño, nos despedimos de nuestro suntuoso nido y nos dirigimos hacia Puebla, al sur de la capital. En el camino, la miseria no se ve menos dura bajo el sol. La red de carreteras mexicana está en plena expansión, y a lo largo de decenas de kilómetros, vimos cómo los obreros se mataban en pleno oficio. Aquellos pobres tipos, con la cara negra pintada por el asfalto y con el sol que derretía hasta las piedras.

La famosa fiesta del “Cinco de Mayo” se originó en Puebla. Durante una batalla contra las tropas de Napoleón III, quiénes buscaban apoderarse de la ciudad, el ejército mexicano expulsó al cuerpo expedicionario francés el 5 de mayo de 1862, alimentando aún más el orgullo de la independencia de México. Nosotras llegamos en plena semana de celebraciones, convirtiendo al Zócalo de Puebla, la plaza principal de la ciudad, en lugar de ferias y encuentros para las familias. Un mundo de iglesias ocupa la ciudad, antaño centro religioso y estratégico para la conquista y evangelización de los autóctonos por parte de los españoles. La magia de Puebla vive en sus construcciones, con fachadas de cerámicas y mosaicos, desafortunadamente manchadas debido a la gran polución en el aire.

No muy lejos de allí está Cholula, una pequeña ciudad famosa por las ruinas de un templo mesoamericano construido al pie de una colina, destruido por el tiempo y del cual sobresale la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. Esta no podría encarnar una dominación más evidente de los europeos sobre las civilizaciones originales. Pese a la increíble vista de Cholula y su valle desde la iglesia, nuestra beatitud no puede compararse a nuestra desolación al no poder respirar bien y al no poder observar el volcán Popocatépetl a lo lejos, ahogado por las finas partículas de una espesa polución.

Ese mismo día era el día de las Madres, también celebrado como el día de la Virgen María en México. Durante el día, procesión tras procesión y juegos pirotécnicos le hacen honor a la reputación de la buena vida mexicana. A nuestros oídos les cuesta trabajo acostumbrarse al ruido omnipresente, por lo que nos refugiamos en la galería subterránea del templo, con sus columnas exiguas y sus secretos místicos que sin duda tendrán muchas más cosas que revelar.

Oaxaca, tierra de maravillas

Dejamos Puebla atrás y el trayecto en autobús a Oaxaca resultó ser único. Pese a los ronquidos imperturbables del pasajero de adelante, el espectáculo que se abrió ante nosotras solo llamaba a la contemplación. Campos infinitos de cactus, desiertos y luego montañas, tierras color ocre, áridas, tropicales. Es lo que hace la riqueza de la región de Oaxaca: basta adormilarse durante dos minutos, para descubrir otro país al volver a abrir los ojos.

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Nos vamos de Oaxaca, sus árboles tropicales, sus calles tranquilas y coloridas y sus excepcionales jardines y nos regalamos una pequeña escapada a Hierve el Agua, un sitio natural bien conocido por los turistas, en el cual millones de años de escurrimiento de agua en la montaña crearon una piscina natural. Entre dos autobuses llenos de visitantes, admirando el paisaje a través de la pantalla de sus cámaras fotográficas, pudimos por fin estar a solas frente a un valle de maravillas.

Dormimos en una casa en Mitla, pequeño pueblo reputado por ser el sitio de las ruinas de un templo zapoteca, mágicamente bien conservado. Un refugio de paz, en el cual se vive bien y donde el espectáculo de miles de años de historia ya es parte de la vida cotidiana de sus habitantes, sin molestar a nadie. El templo antiguo ofrece a la vista detalles excepcionales de la arquitectura zapoteca, y aún se alcanzan a distinguir los frescos de lo que parecían ser las viviendas.

¿Es más verde la hierba en la costa pacífica?

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La siguiente etapa es Mazunte, pequeña ciudad al borde del océano pacífico. Decidimos cambiar el autobús por una camioneta, más barata y quizás más rápida. Después de nueve horas de calvario en la jungla mexicana, con sus curvas y rutas de ángulos rectos rodeados de abismos, todo esto a una velocidad promedio de 90 km/hora, llegamos a Puerto Escondido, con el rostro sudoroso, con náuseas en el vientre. Fue imposible dormir. Hace sólo 26 grados, pero intentamos sobrevivir al 98% de humedad.

Nos dirigimos a Mazunte, esperando que el aire marino nos deje respirar un poco. No, muy bueno para ser verdad. Unas cincuenta picaduras de mosquitos al día, repetidas duchas para no derretirnos y un mar descontrolado por una tormenta reciente. La ciudad es conocida por ser un nido de hippies que saludan a todo mundo con un “namasté” y las manos juntas. No fue tanto la reconversión de Mazunte – antiguamente puerto de pescadores y sitio natural de reproducción de las tortugas marinas – en capital de yoga, sino la tarántula que encontramos entre nuestras cosas, lo que hizo rebosar la copa y nos hizo zarpar.

La magia de la Ciudad de México

Con la conciencia tranquila, nos dirigimos hacia la capital. Después de deambular durante algunos minutos buscando nuestro albergue, nos damos cuenta del lugar en el que nos encontramos. ¿Cómo sobreviviríamos? Miles de personas, en todos lados, sin parar, las bocinas, el ruido, la polución, el humo de los asadores callejeros… Sin lugar a dudas, estábamos en la doceava ciudad más grande del mundo. Después de una primera noche en un albergue de higiene dudosa y con cucarachas con una salud de hierro, salimos a explorar las calles de la ciudad.

Mientras caminamos sin cesar, las fronteras de la ciudad parecen interminables. Visitamos la Plaza Mayor, corazón de la ciudad, donde unas 40000 personas se aglutinan ya cuando solo son las 10 de la mañana. Sin embargo, el cansancio solo nos dejó entrever una pequeña parte del esplendor de la cultura mexicana. Tan solo la capital cuenta con docenas de frescos de Diego Rivera, la espléndida galería de la Universidad Autónoma de México (UNAM), las ruinas del Templo Mayor, rodeadas por los restos de sus destructores españoles, la casa de Frida Kahlo, centenas de iglesias que parecen haberse hundido en el suelo otrora cenagoso, cuando los conquistadores llegaron a fundar la Ciudad de México.

Con todo, la capital del Distrito Federal no es solo un museo a cielo abierto. Es una ciudad conectada, joven, con sus coffee shops y sus bares hípster. No se pierde de los fenómenos de gentrificación y de uniformización cultural, y contrasta brutalmente con algunas regiones muy rurales y mayoritariamente pobres. Algunos de los barrios de México DF son extremadamente ricos, con viviendas suntuosas cuyos precios llegan a elevarse a varios millones de dólares. Carlos Slim, hombre de negocios mexicano y dueño de Telmex, llegó a ser el hombre más rico del mundo en el 2013.

La Roma, uno de los barrios de la ciudad, es sin duda el más agradable. Es un refugio de paz, una manera de alejarse de una vida contaminada y a cien por hora, y cuenta con cafés conectados, en los cuales mexicanos y expatriados toman su brunch los domingos a mediodía, bajo la sombra de árboles centenarios.

A veces, es difícil respirar en México. Después de haber subido algunos peldaños de una escalera, respiramos de manera entrecortada, a falta de aire puro. Pero las mañanas son frescas, y tal como los que salen a trabajar todos los días, nosotras tomamos nuestro desayuno en la calle, allí donde se alinean los pequeños vendedores de jugos frescos – menos frescos que en nuestras anteriores paradas, y sobre todo, mucho más caros…

Una mañana, nos escapamos a Teotihuacán, uno de los templos mesoamericanos más importantes, en el cual llegaron a vivir más de 50000 personas. Se trata de una proeza arquitectural y humana, testigo de una cultura milenaria y fundadora, muy avanzada para su época.

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Veinticinco días. Ha transcurrido casi un mes, en un abrir y cerrar de ojos. Una cabalgata onírica en el corazón de los templos Mayas, de las tropas de Hidalgo, de los campos de cactus, de los aguacates blandos y de los mangos con piel de terciopelo. Encuentros, sabores, colores, olores, imágenes… México es un reino de riquezas, un lugar de tesoros en donde toda una vida no sería suficiente para descubrir sus secretos más profundos. Alisten sus morrales y abran bien sus ojos: un país maravilloso se abrirá ante ustedes.

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